SEXO A LA CARTA EN LA PATAGONIA I
Los hechos que contiene esta historia tuvieron lugar en fechas aún recientes. Fue con motivo de una visita que hice a mis parientes lejanos de Argentina. Además del encuentro familiar, mi viaje a tan larga distancia era para aprovecharlo y hacer algo de turismo por aquellas tierras. Después de una semana disfrutando de los principales atractivos y de recorrer los barrios más interesantes de Buenos Aires, decidà que los dÃas que aún me restaban de vacaciones los ocuparÃa haciendo algo por mi cuenta y de esta forma liberar a mis tÃos, ya que no me apetecÃa recargarles por más tiempo con las atenciones que mi presencia requerÃa, pues ellos, aunque extremadamente acogedores conmigo, tenÃan que ocuparse también de sus propias obligaciones. De esta forma, pensé, podrÃa volar a mi aire por aquellas tierras, para mi exóticas y prometedoras, en las que tal vez tendrÃa la ocasión de conocer gente, sumergirme en sus esencias y vivir más intensamente sus costumbres y sus peculiaridades culturales. Asà que decidà consumir la última semana en este lindo paÃs, visitando la bonita región de La Patagonia, una de las más recomendadas y pintorescas de Argentina.
El mismo domingo, me despedà de mis familiares y en unas horas ya estaba aterrizando en el pequeño aeropuerto de San Carlos de Bariloche, que era la ciudad más importante de La Patagonia. Nada mas descender y avistar la ciudad y sus alrededores, enseguida me di cuenta de que habÃa sido un acierto, por la inmensa belleza del entorno natural en que estaba enclavada. Me desplacé directamente al Hotel Sunset, donde habÃa reservado habitación para una semana. La ubicación de mi alojamiento estaba en el centro cÃvico de la ciudad y cerca del famoso lago Nahuel Huapi. Era temporada alta, por ser invierno, y aquello estaba muy concurrido de turistas procedentes de todas partes. Desde el primer momento, me sentà muy a gusto en aquellos parajes tan singulares, con tanta animación. PresentÃa que iba a tener vivencias extraordinarias en aquel lindo rincón de la Tierra, que me esperaba una estadÃa llena de alicientes; estaba eufórica, feliz y más comunicativa que nunca en aquel ambiente de calidez humana que reinaba por todas partes, a pesar del frÃo que estaba haciendo en esas fechas.
Como estaba viajando sola, lo más prudente serÃa no aventurarme demasiado en la vida nocturna, hasta conocer mejor el ambiente. Ya me inscribirÃa, al dÃa siguiente, para las diversas excursiones que se organizaban desde el mismo hotel.
Esa misma noche, como tenÃa que organizar mis cosas y terminar con mi mudanza, después del largo vuelo de más de 1.600 Kms. que habÃa tenido que hacer, me dispuse a cenar en el restaurante del hotel. Después de la cena, me acomodé en un salón que habÃa en el mismo lobby del hotel, me senté en la barra del bar para tomar algo y hacer tiempo hasta la hora de dormir. El ambiente era muy tranquilo, ya que por ser las últimas horas del domingo la concurrencia era escasa. Mientras tomaba un cóctel, estuve preguntando algo a los camareros, que se desvivieron por facilitarme toda la información que pedÃa. Se mostraban muy amables y corteses conmigo. A mi lado, estaba sentado un caballero, con vestimenta deportiva, de media edad, alto, de mirada penetrante y agradable, que no dejaba de observarme con interés, pero discretamente. Era un hombre bien parecido, de hermosos ojos azules, realmente atractivo, que todavÃa conservaba el poderÃo fÃsico y el encanto de la madurez temprana. ParecÃa estar algo aburrido y con disposición a entablar conversación. Presumà que de un momento a otro me iba a decir algo. Asà fue, me abordó con simpatÃa y discreción, estuvimos platicando mucho tiempo, tan metidos en nuestra conversación que pasaron las horas sin darnos cuenta. Me dijo llamarse Gabo, era argentino, separado, de 42 años, ingeniero electricista y me estuvo relatando muchas cosas del lugar, de su persona y su vida. Me recomendó no andar mucho sola por ahÃ, agruparme con otros turistas para las excursiones y por si no me gustaba ir en rebaño se ofreció a mostrarme las bellezas naturales de esa parte de La Patagonia, pues estaba de vacaciones y tenÃa mucho tiempo libre. Su proposición me pareció tentadora, pero tuve que hacer como que no la escuchaba por razones de lógica prudencia, ya que también podÃa tratarse de un cumplido de cortesÃa, además de no saber con certeza si era persona recomendable. Sin embargo, en mi fuero interno no me importaba aceptar y aventurarme con este desconocido de apariencia fiable. Parece que su interés por mà era firme, pues insistió en su idea, y no cesó hasta que venció mis débiles reparos y me hizo aceptar su compañÃa para realizar juntos algunas excursiones. Quedamos en que al dÃa siguiente pasarÃa a buscarme por el hotel, con su auto. En el fondo me sentà muy halagada, con la agradable y cómoda sensación de estar protegida y atendida por alguien del paÃs, que aunque algo mayor que yo, era un hombre tan apuesto que nuestra diferencia de edad no era nada llamativa. ParecÃa que era una persona, por quien podÃa dejarme llevar tranquilamente. De esa forma tan inesperada se cruzaron nuestros caminos.
Más tarde, durante los dÃas que estuve con él, tuve ocasión de ojear su diario y en la fecha del dÃa en que nos conocimos, habÃa escrito lo siguiente:
“Hoy domingo, creo que ha sido un dÃa de suerte para mÃ. Llevo varios dÃas de vacaciones, en la cabaña invernal que poseo acá en Bariloche y desde mi llegada no he tenido nada que se salga de lo corriente, hasta que esta noche decidà ir al centro de la ciudad para consolar un poco mi soledad, antes de retirarme a dormir. He permanecido un rato de la tranquila noche de domingo, en el bar del Hotel Sunset, pensando que tal vez podrÃa ver a alguno de mis amigos que suelen ir por allÃ. Me he sentado en una mesa y miré si estaba alguien, pero no hallé ninguna cara conocida. En el lugar solo habÃa algunos de turistas; de pronto, he visto a una mujer rubia que estaba sentada en la barra del bar, se veÃa muy bella, con un imponente cuerpo y además estaba sola. En principio, supuse que serÃa una turista del norte de Europa o francesa, pero después, cuando se dirigió al barman, me he dado cuenta de que era española. Me dije -woww…, española y qué belleza! no creo que haya problemas con el idioma- Entonces, he decidido acercarme a la barra para tratar de entornar una conversación con ella.
Cuando me he acercado he notado que usaba una dulce fragancia cÃtrica que me erotizó el sentido olfativo, ya que me encanta que las mujeres lleven ese tipo de aroma. Se veÃa que era bastante joven, aparentaba menos de 30 años. Estando en la barra casi a su lado, me he volteado para mirarla con firme insistencia e interés y enseguida me he dado cuenta de que ella me estaba observando disimuladamente.
-Hola! Qué hace una mujer que viene de tierras cálidas y placenteras a este bello lugar tan gélido y nevado? -le dije.













