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SEXO A LA CARTA EN LA PATAGONIA II

admin | Relatos eroticos | Miércoles, 19 Noviembre 2008

Me respondió con una bella sonrisa que dejaba notar que era una mujer además de bella, muy simpática. Me contestó que había venido a visitar a una tía suya en Bs.As. y de paso disfrutar de unos días en un lugar como este, tan natural y diferente para ella. Al comprobar que estaba sola, inmediatamente, la he invitado a tomar otra copa y hemos seguido charlando con agrado, pues parecía una chica bastante culta, y además de su belleza, su simpatía y la fragancia cítrica que emanaba me atraían mucho de ella. Hemos estado hablando largo rato de forma que sin saber cómo entramos en confidencias y casi nos contamos nuestras vidas. Me ha dicho que se llama Sara, “Sari” para los amigos, y que trabaja en una compañía consultora, como analista de inversiones. Por mi parte, le he contado que estoy de vacaciones para unos días, que habito en una linda cabaña de madera de mi propiedad y otros pormenores por los que estaba allí. He sabido que pensaba quedarse durante varios días para conocer lo más destacable del lugar y no he dudado en invitarla a conocer los sitios más interesantes, ofreciéndole mi guía de experto conocedor local. Ella, como era de esperar no se ha abierto a alguien a quien recién ha conocido. Ha intentado rehusar mi ofrecimiento, no deseaba causarme molestia alguna, ni abusar de mi amabilidad, pero algo me decía que valía la pena insistir y después de repetirle mi ofrecimiento y tranquilizarla, he conseguido que finalmente aceptara dejarse acompañar por mí. Entonces nos hemos citado para que mañana pase a buscarla por el hotel. Me he venido a mi casa muy impresionado por la simple idea de pasar algún día con una joven tan atractiva y quizás soñando que intentaría algo más, a ver que pasaba, pues por intentarlo no podía perder nada, al contrario, me serviría de distracción y bien podría ser la ocasión de oro que andaba buscando últimamente. Tal vez la fortuna me había puesto delante la posibilidad de tener una relación fuerte con una mujer tan sexy y bella. Si no tenía éxito, por lo menos habría conocido a una mina interesante del otro lado del Océano”

Un día largo y tendido con Gabo:
A primera hora de la mañana ya me estaba esperando el en lobby del hotel, salió a mi encuentro, nos saludamos y le invité a desayunar conmigo. Yo salí arreglada para la ocasión, quería causarle la mejor impresión y además ir a tono para un día en la montaña. Llevaba un pantalón verde de camuflaje, muy ajustado, combinado con unas botas de escaso tacón. La parte de arriba la cubría con un jersey elástico y apretado que dejaba adivinar todo el contorno firme y turgente de mis senos. Encima de todo ello, un chaquetón grueso hasta mas abajo de las caderas. Gabo se vino hacia mí, me besó ligeramente en las mejillas, y me miró sin recato, con admiración y regocijo. Durante el desayuno, aprovechamos para planificar la actividad del día; me sugirió que podíamos empezar por visitar El Cerro Catedral y disfrutar de las montañas y los centros de esquí. Él se había llevado su ropa y todo lo necesario para esquiar, con la idea de darme unas lecciones intensivas durante toda la mañana, ya que para mi era la primera vez que lo iba a practicar.
Montamos en su camioneta y bordeando el bonito lago que hay en Bariloche, me llevó a unos 20 kms. junto a la base de este conocido macizo montañoso. Allí aparcamos el coche y después de rentar un equipo de nieve para mí, tomamos el cable carril, un sistema de elevación como un teleférico y alcanzamos un área muy extensa destinada a la práctica del esquí. El lugar era maravilloso, con las cumbres nevadas y los cerros picudos, con gran movimiento de gente por todas partes para disfrutar de las actividades de montaña. Nos quedamos en una pista fácil y tranquila, poco patrullada, lo cual me pareció buena idea, así mi torpeza no sería tan vista. Estuvimos horas y horas ensayando para que yo consiguiera deslizarme sobre la nieve, y a cada intento se correspondía una caída o pérdida del equilibrio. Gabo, me sostenía agarrándome por los brazos y levantándome cada vez que me caía por los suelos, era una situación cómica y divertida, debido a mi inexperiencia. Mi falta total de habilidad para moverme en la nieve, me obligada a entregarme en sus brazos sin saber si era necesaria tanta permisión, algo que él aprovechaba para recrearse placenteramente mientras enderezaba mi posición. Al final de la mañana, ya habíamos conseguido que yo avanzara con relativa estabilidad, no sin antes haber rodado por la nieve en un montón de ocasiones. Nos reíamos como niños traviesos a cada tarascada y en algún caso, en mi caída le arrastraba a él que se dejaba rodar sobre la nieve, abrazado a mí. Aparte de divertirnos mucho, para mí aquello era nuevo y me enganchó de tal manera que la mañana se me pasó rápida como en un suspiro.
Con la excusa de mi aprendizaje, habíamos tenido mucho contacto físico, retozando sobre la nieve como si nos conociéramos de toda la vida; siguiendo el guión de las clases, durante tantos ejercicios sus agarrones y abrazos no habían dejado libre de sobo ni un centímetro de mi cuerpo. Al final de la práctica, yo ya mantenía mi cuerpo vertical, algo insegura, por lo que Gabo para evitar mi derrumbe me sujetaba con sus brazos, de manera que alguna vez me quedaba involuntariamente pegada a él, mientras me sostenía por detrás. Sentí el calor de su aliento sobre mi nuca, así como el blando y notable contacto de su hombría sobre mi parte trasera. En algún momento, al clavar su mirada invasiva y tensa sobre mis ojos, percibí que en nuestros cuerpos se estaba produciendo una rebelión de hormonas que no iba a ser fácil de dominar y mantener en calma.
Cuando llegó la hora, nos fuimos a comer a uno de los restaurantes típicos de Cerro Catedral. En la larga y relajada sobremesa, sentados uno frente al otro en una mesa pequeña, que nos hacía muy próximos, él clavaba sus ojos en los míos, como embelesado. Me estuvo preguntando todo sobre mis gustos y aficiones, tanto de tipo social como íntimas, de manera que tocamos el ineludible tema de la sexualidad sobre el que Gabo deseaba conocer mis gustos y limitaciones. Yo abierta de mente como soy, no tuve reservas para intercambiar con él mis opiniones y preferencias. Esto le acabó de envalentonar y tomando mis manos, apretándolas entre las suyas, para transmitirme su calor me dijo:
-Eres como me había imaginado. Mi tipo de mujer ideal. -confesó él.
-No creas…..también tengo mis defectos, y terribles. -contesté.
-Lo que tendrás son montones de pibes detrás de ti….-afirmó.
-Hombre…no me puedo quejar, la verdad.
-Qué te gustaría hacer ahora, Sari?
-No sé…tu eres el guía y sabrás que es lo mejor….
-Entonces…si nos dejamos llevar por mi instinto nos vamos ya y te muestro mi cabaña.
-De acuerdo. Hoy ha sido un día tan movido que ya estaría bien retirarnos.
Mientras me decía esto, mantuvo mis manos aprisionadas entre las suyas, como si yo fuera una codiciada presa que me fuera a escapar, transmitiéndome su calor y afecto en forma de una corriente que fluía por todo mi ser. Abandonamos el restaurante y descendimos por el transporte de cable carril para regresar a Bariloche. Gabo, por el camino me propuso ir directamente a la cabaña, tomar algo allí mismo y luego, antes de devolverme al hotel, me invitaba a una cena rápida a base de carne, que cocinaría él mismo. Después de tantos favores, no me pareció bien rechazar su ofrecimiento y consentí en acompañarle a su casa y acabar el día como él lo estaba planeando.
Sin tardar, llegamos a su cabaña que estaba en las afueras de la ciudad, en una zona apacible poblada de un grupo de casitas de madera, discretamente separadas unas de otras, rodeadas cada una de ellas de un espacio arbolado. Su interior era cálido y acogedor, tenía un aire rústico debido al mobiliario y al estilo de construcción, con las paredes formadas de troncos de madera y el pavimento del suelo también de madera, lo que aislaba la estancia del frío. Se trataba de una vivienda pequeña, dotada con todos los servicios básicos necesarios, construida en una planta ligeramente elevada sobre el nivel del terreno. En el fondo, frente a la entrada, había un hogar con leña dispuesta para encender fuego. El centro de la sala estaba ocupado por una mesa rectangular de madera maciza, con cuatro sillas acopladas a ella. En una de las paredes un sofá de dos plazas y dos sillones encarados al hogar. En el suelo, entre la mesa y el hogar se extendía una gran piel de cabra a modo de alfombra. Luego, Gabo me mostró el resto de la cabaña, una diminuta cocina, cuarto de baño y un dormitorio con una cama grande. Era un encanto de casita.
Antes que nada, me sugirió que podía darme una ducha allí mismo, sin tener que esperar a llegar al hotel. Entre tanto, él se ocuparía de encender el fuego del hogar para caldear la vivienda.
-Podés ponerte una camisa mía que hay colgada en el baño, así estarás más cómoda para la cena. –me dijo.
Cuando salí del cuarto de baño, solo llevaba la ropa interior y una camisa suya que me llegaba casi hasta las rodillas. Gabo me miró divertido y me indicó que me sentara junto al fuego mientras el también se duchaba rápidamente. Después del esfuerzo físico de esa mañana, el cuerpo me había estado pidiendo un buen baño, por eso ahora me sentía cómoda y relajada.
Mientras estuve sentada en el sofá, que daba lateralmente al hogar, al reflujo cálido del fuego, pensé que estaba atrapada en un ambiente perfecto para una velada íntima, en cómplice soledad con mi nuevo amigo. Estaba segura que eran el lugar, el momento y el hombre predestinados para hacer realidad una fantasía romántica y de pasión, un buen complemento para enriquecer mi plan de viaje. Había todavía bastante por descubrir, pero en el aire se respiraba una atracción y deseo crecientes. Él, se estaba comportando cada vez más confianzudo y amoroso conmigo, estrechando el cerco y ganando espacio por momentos, aunque, eso si, sin propasarse ni abusar de su ventajosa situación.
Gabo, no tardó en salir del baño, metido en un albornoz blanco de baño, con signos de encontrarse en un estado tónico, con un brillo especial en los ojos que denotaba un alto nivel de energía contenida en su interior. Se sentó a mi lado, muy junto, nuestras miradas tropezaron, la mía era de sumisión y la suya tan hipnótica y apremiante que me dejó inerme durante unos segundos. Su estado parecía tenso y excitado.
-Bueno Sari, no me decís nada de mi cabaña….
-Me parece una monada, un refugio muy lindo y acogedor.
-No se te antoja compartirla conmigo unos días …?
-No creo que sea buena idea, te quitaría tu libertad y podía ser incómodo para los dos.
-Yo pienso todo lo contrario, me hace mucha ilusión tenerte aquí conmigo….!
Aprovechando nuestra proximidad en el asiento, muy inclinado sobre mí, me tomó la cabeza delicadamente con ambas manos, volteó mi cara hacia él y puso su boca junto a la mía, acoplando sus labios suavemente sobre los míos, para comprobar si yo aceptaba su iniciativa. Yo no tenía pensado haber entrado tan pronto en ese juego, al primer envite, el primer día de conocernos, pero ya me di cuenta de que todo se precipitaba, estaba metida en un pozo de pasión y era el momento justo de cambiar el chip.
-Mmmm! Sari….. como he soñado este momento! -exclamó besando mi oreja.
-Uuffff…Gabo…! –Suspiré yo aturdida.
Siguió adelante, incontenible en sus acciones, demostrándome que estábamos en un trance inaplazable. Su mano se apoyó sobre mi muslo, ascendió por detrás y exploró entre mis nalgas, me acarició el torso, todo ello a la vez que sus labios se habían trabado con los míos, su lengua paladeaba dentro de mi boca sorbiendo mi saliva y mezclándola con la suya. Yo le respondí, friccionando mi lengua furiosamente contra la suya, dentro y fuera de la boca. Su otra mano impaciente y experta comenzó a acariciarme los pechos por encima de la camisa. Sin darme cuenta me había desabrochado los botones, liberándome rápidamente del sujetador, facilitando que su mano amasara con ahínco mis pechos turgentes y deseosos de ser tocados. Parecía tener muchas manos, y con una acariciaba mi vulva por debajo de la braguita, penetrando sus dedos en un delicioso y diabólico recorrido alrededor del clítoris.
-Oooh! ooohh….! -comencé a suspirar
-Te sentís bien…? -preguntó en tono acalorado.
-Si, claro….-le dije abrazándome a él, entregada.
Comencé a retorcerme de gusto sobre el sofá, señal de que nuestros cuerpos empezaban a arder por los cuatro costados. Él inclinó su cabeza, alcanzó mis senos con sedientas lamidas y consiguió atrapar en seguida uno y otro de mis pezones, chupándolos con la avidez de un animal hambriento. Me tomó una mano y la llevó sobre su pene, para que comprobara el volumen de su paquete. Su boca y su lengua iban y venían desde mi cuello hasta el contorno de mis senos de oscura cúspide, erecta y húmeda a causa de sus libaciones. Eran unas lamidas alternadas con chupadas deliciosas, ruidosas y delirantes.
-Ya ves cómo me tenés….caliente desde que me hablaste por primera vez!
-Si…. mmmm! -murmuré.
Volvió a besarme en la boca, con tal fruición que a cada encuentro de nuestros labios acompañaba un chasquido sonoro. Después dejó de besarme, se separó ligeramente de mí para contemplar sonriente mi rostro feliz y satisfecho, mientras que acariciándome los pechos con ambas manos, me decía:
-Sara tenés unas tetas perfectas, apetitosas y muy sensibles…de lo mejor que he visto…!
Nuestra complicidad ya era tal que el progreso de nuestra entrega era rápido y compartido sin reserva alguna. Prueba de ello fue que me despojó de la camisa, y yo solté mi mano que había permanecido agarrada a la erección que se proclamaba debajo de su bata. Pensé que su miembro no merecía el encierro al que estaba sometido, le desaté el cinturón de su bata, la abrí lo justo para que emergiera su verga exultante y tiesa como un mástil.





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