SEXO A LA CARTA EN LA PATAGONIA IV
Totalmente desnudo, se acomodó pegado junto a mÃ, cubriéndome casi la mitad del cuerpo, me dio unos tiernos besitos en el cuello, y me lamió varias veces los lóbulos de las orejas. SentÃa su falo muy duro punzando sobre mi muslo. Estuvo unos instantes contemplando ensimismado mis pechos palpitantes por la excitación, se recostó sobre mi, lamiendo y besando embelesadamente mis senos, mi cuello, ofreciéndome su lengua extendida y recta entre mis labios para que la chupara varias veces. Después, la metÃa dentro de mi boca, caliente y húmeda para encontrarse con la mÃa en una lucha lasciva e infernal. Entretanto, sus dedos como pinzas, atenazaban mis pezones entre sus dedos, exprimiéndolos y retorciéndolos con firme suavidad, hasta endurecerlos a su gusto y succionarlos con ansia lujuriosa y febril.
Me tomó por la cintura para volcarme hacia abajo, pidiéndome que doblara las piernas para quedar a cuatro, me hizo inclinar la espalda y la cabeza hacia el suelo al máximo, mis pechos casi descansando sobre la piel de cabra. Él permaneció arrodillado, detrás de mi, me tomó por las nalgas, abrió con sus dedos mis labios vaginales y en seguida noté el infierno de sus tiernas lamidas sobre mi vulva, demorándose, controlando los tiempos antes de frotar con la lengua mi anhelante clÃtoris, provocándome un estallido de placer y unos gemidos incontenibles.
-aaauugghhsschh… aaaauuggsschh..! -gemÃa yo débilmente.
La atmósfera de lujuria era tan densa, que dirÃase que se podÃa cortar. Gabo, sin perder el control de sus actos, apoyó su polla en el pórtico de mi vagina, que se entreabrió sin resistencia al sentir el contacto duro, sedoso y ardiente de su carne, penetrando solo unos centÃmetros, jugando con movimientos circulares y breves punzadas y restregones sobre mi erecto pitoncito. Yo ondeaba mi trasero presa de una excitación descomunal, pero él mantenÃa el juego sin darme la penetración que yo estaba deseando con ardorosa ansiedad. AsÃ, estuvo unos minutos punteando la entrada de mi concha, forzando mi escalada de deseo, incendiando los puntos más sensibles de mi sexo, hasta que mi agitación debió de darle a entender que estaba al lÃmite. Sacó su verga, alargó el brazo para sacar la cajita azul que habÃa en mi bolso, extrajo un preservativo, se lo enfundó y volvió a penetrarme, pero esta vez con una furia desesperada, me clavó su enorme polla hasta el tope de sus huevos, haciéndome disfrutar de la caliente dureza de su instrumento, que se habÃa deslizado entre mis carnes Ãntimas, rellenándome por completo. Al mismo tiempo que me tenÃa perfectamente empalada, dobló su cuerpo sobre mi culo para alcanzar con sus manos mis pechos en suspensión y mimarlos con deliciosas caricias, con lo que me proporcionaba un doble efecto excitante.
-Te gusta, …amor? -me preguntó, mientras estaba penetrado e inmóvil.
-Si. -le dije en voz baja.
-Aún estás un poco tÃmida conmigo, pero me gusta saber…. -dijo
-SentÃs culpa o vergüenza de estar tan caliente? -insistió él.
-Un poco…si. -contesté
-Por qué?
-No sé….es porque me alteras mucho y no tengo costumbre de demostrarlo tanto.
-Te gusta como te cojo?
-Demasiado…!
-Esto aún tiene que mejorar mucho, ya verás….
Siguió un silencio, Gabo apuntalado contra mi sexo, estuvo un largo rato sacando y metiendo su polla en incontables penetraciones, obligándome a balancear mis caderas para acoplarme a su ritmo, hasta que comenzó a acelerar sus movimientos como si me estuviera taladrando. Yo explayaba mi excitación por medio de quejidos apagados, casi átonos, cada vez más frecuentes. Estaba ya tan acondicionada para coger tan intensamente que con asombro noté las contracciones reflejas como una descarga de mis tensiones, seguidas de unos escalofrÃos que culminaron en el éxtasis de un formidable orgasmo. Gabo continuó fustigando mi agitada concha, dándome bruscas acometidas, mientras farfullaba palabras y expresiones lascivas que yo apenas entendÃa, no tardando en eyacular. Después de correrse se quedó abrazado a mÃ, por detrás, durante unos instantes y luego desenvainó su verga, todavÃa gruesa y congestionada, sin que hubiera perdido su volumen.
TodavÃa estuvimos gozando del grato y confortable ambiente que reinaba en la cabaña, próximos a la lumbre que seguÃa encendida. Después, nos vestimos y me acompañó hasta el hotel, insistiendo en que muy bien podÃa dejar de alojarme en el y terminar los dÃas que me restaban en su cabaña. Le prometà pensármelo durante la noche y nos despedimos hasta el dÃa siguiente con un beso breve y sentido.
Me dirigà a mi habitación, tome un último baño y me metà en la cama sin entretenerme. Necesitaba tener en reposo hasta la última célula de mi cuerpo para meditar un poco los acontecimientos recién pasados. Apenas podÃa reconocerme en el papel de amante improvisada que estaba jugando. Sin duda, Gabo era un gran tipo, aunque no era fornido, era de músculos fibrosos, fuerte y bien dotado, tenÃa los hombros anchos, una voz cálida y profunda que me dominaba, limpio, atento, sensible y audaz sexualmente. Era uno de los mejores amantes que habÃa tenido, atento, detallista, cariñoso, tierno, siempre con ganas de cogerme. Por todo esto, deseché todo prejuicio y me deje flotar como una nube a merced del empuje del viento del amor. El dÃa habÃa sido maravilloso, completo y alucinante, pues no era normal vivir tan variadas y fuertes experiencias en tan pocas horas, ya que hasta me parecÃa que habÃan transcurrido años desde que llegué el dÃa antes a Bariloche. Ya la suerte estaba echada, -pensé- vine con el propósito de ver mundo y vivir la vida a tope, aquà nadie me conocÃa y bien podÃa aprovecharlo; mañana será otro dÃa tan bonito como hoy o más, me abandonaré en brazos de mi nuevo amor, tomaré mis cosas y me trasladaré a su cabaña para compartir también su cama. Después, rememorando cada acto vivido durante el dÃa, me sentà tan feliz, satisfecha y relajada que pronto me quedé profundamente dormida.
TodavÃa permanecà cinco dÃas más en San Carlos de Bariloche, fueron dÃas muy intensos en los que me impregné de todo el aroma de esta tierra, me grabé su paisaje, disfruté del sentir profundo de su gente, sentà nuevas sensaciones y descubrà otras versiones muy gratificantes del placer sexual. Mi complicidad con mi guÃa Gabo fue en aumento, me mostró facetas inesperadas de su personalidad y me ayudó a ampliar mis conocimientos del lugar, a conocer a sus hombres. Todo ello, lo describo en una próxima segunda parte que nos llevará a la apoteosis más caliente de esta historia.

























